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The new harvesters of southern Spain


In the province of Huelva, Spain, it is estimated that there are more than 30 settlements where almost 2500 people live on a semi-permanent basis. With no water, no electricity and in very poor sanitary conditions, they wait to harvest the crops. What used to be temporary settlements for the workers have become small villages. It is a place of which it is said that you know when you get in but you never know when you’ll get out.

Paco came to Spain in 1984. Two years ago he had to leave his shared flat and move into one of these settlements. With his perfect Spanish, he lists all the cities he has lived in so far. “I have not been doing anything in particular, merely surviving”. Surviving. Every morning, among other workers, he waits at the closest roundabout to his settlement. They are waiting for a van to appear which will take all of them to the harvest fields. For one day of work, they will receive between 15 or 20 euros. These jobs are sporadic and, in most cases, under the table. “We earn enough to buy some food but it is impossible for us to save any money to get out of here”, says Sayid while he offers me a coffee. “I came here 8 years ago, I was not expecting to stay this long. At least now we have access to drinkable water. Before we only had the well and there were a lot of illnesses around here”, he says while drinking from a hose, which is the only source of drinkable water for a settlement where nearly 800 people live.

Behind him, a group of men is building a new house. Most of the houses are built with a wood structure and plastics to keep out the rain. They use the materials they find at the landfills of the area. In April of 2017, a fire destroyed over 300 hundred of these houses. Because of the materials used and the proximity of the houses, fires are a constant risk. “There is a social dining room in which they can at least get a meal a day, in between the harvesting crop times. I don't think they eat more than that”, says Domingo, a Caritas volunteer. “They normally don't tell their families where they are living. They lied to them saying they live in flats and have proper jobs and they send them all the money they can”. Caritas have been raising the situation of these settlements with the politicians of the area for years. Their goal is to raise awareness as well as encouraging solutions to the issue. Now I am talking to Luna, one of the few woman living in the settlement, “They prefer women for the strawberry harvest but there are not many of them in here. We don't feel safe at all”. Luna came a year ago and sleeps on a mattress on the floor with other two other people.

It is Friday night and little by little all the workers are coming back from the fields. There is music coming from the nearest village. It is Christmas day and they are celebrating. “I am going to change my clothes and head to the party”, says Sayid while he walks the 20 meters that separate the settlement from the village, “in here you need to do normal things every once in a while”

Los nuevos recolectores del sur


Solo en la provincia de Huelva se estima que existen 30 asentamientos chabolistas donde 2.500 personas viven de forma semi permanente. Sin agua, sin luz, sin unas condiciones de higiene mínimas, esperan a la temporada de recolección. Lo que en su día eran asentamientos temporales para los trabajadores del campo de la zona se ha convertido en pequeñas ciudades con una organización propia. Un lugar en el que sus habitantes dicen llegar con fecha de entrada pero nunca saben la de salida.

Paco llegó a España en 1984, hace dos años tuvo que dejar su piso compartido y mudarse a los asentamientos. Con su perfecto español me enumera todas las ciudades españolas en las que ha vivido. “No he estado haciendo nada en concreto, sobrevivir como puedo básicamente”. Sobreviviendo. Cada mañana, junto a otros muchos trabajadores temporeros, acude a una de las rotondas de las inmediaciones de Lepe. Allí esperan furgonetas que les llevan a los campos de cultivo. Un día de trabajo les supone entre 15-20 euros, sin embargo, estos trabajos son de carácter esporádico y, en muchas ocasiones, de economía sumergida. “Nos da para comer pero no para ahorrar y buscar algo mejor”, dice Sayid mientras me ofrece un café. Sayid vive en una casa de una habitación con sus tres hermanos. “Vine a vivir al asentamiento hace ocho años, nunca esperaba quedarme tanto tiempo. Al menos ahora tenemos agua potable, antes bebíamos del pozo y había muchas más enfermedades”, dice mientras bebe de una manguera, la única fuente de agua potable para uno de los asentamientos más grandes a las afueras de Lepe en el que se estima que viven 800 personas en situación permanente.

Tras él varias personas construyen una vivienda. La mayoría de estas casas están construidas con una estructura de madera y plásticos para aislarlos del frío y la lluvia, sin embargo muchos utilizan los materiales que encuentran en vertederos y obras abandonadas. En abril de 2017, un incendio acabó con casi 150 chabolas. Los restos aún pueden observarse. Debido a la falta de higiene, a los materiales y a la proximidad de las casas los incendios son un riesgo continuo.

“Hay un comedor social que abre casi todos los días, al menos así tienen una comida asegurada pero fuera de temporada de recolección no creo que coman mucho más”, dice Domingo, voluntario de Cáritas refiriéndose al centro de acogida de Moguer. “La mayoría de ellos no le dice a su familia como viven. Les dicen que viven en pisos, que trabajan de otra cosa y les mandan todo el dinero que pueden”. Cáritas Huelva lleva años alertando sobre el carácter permanente de estos asentamientos y reclamando una mayor implicación de las administraciones para buscar una solución a este problema, así como la creación de una red de recursos en todas las zonas agrícolas que eviten la necesidad de los trabajadores temporeros de vivir en asentamientos en pésimas condiciones.Hablo con Luna, una de las pocas mujeres que viven aquí. “Prefieren mujeres para la recolecta de fresas pero aun así no somos muchas. No nos sentimos seguras”. Luna llegó hace un año y duerme en un colchón en el suelo junto a dos personas mas.

Es viernes por la tarde y poco a poco los trabajadores van llegando al asentamiento de vuelta de la jornada del día. De fondo se oye música viniendo de la plaza de Lepe. Es 25 de diciembre y se está celebrando el día de navidad. “Voy a cambiarme e ir para el pueblo”, dice Sayid mientras recorre los escasos 10 metros que separan el asentamiento de la ciudad. “Aquí necesitas hacer cosas normales de vez en cuando”.

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