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Salvando gigantes


“Parece ser que el mamífero terrestre de mayor tamaño resulta invisible a ojos de los hombres” Richard Lair


Tailandia y elefantes son dos palabras que suelen ir unidas. Tal vez sea porque son el símbolo nacional del país, o quizás porque es el principal reclamo para el turismo. Sin embargo, estas maravillosas criaturas parecen sernos invisibles. Son una variable en un entramado de dinero, turismo, industria... Una variable cuyo bienestar siempre hemos ignorado. Utilizados durante siglos como mano de obra, en los últimos años han notado los efectos de los avances tecnológicos y el crecimiento del turismo en el país.

Lo que podría parecer una oportunidad de descanso y bienestar ha supuesto una disminución tremenda en número hasta acercarse al riesgo de extinción. Enfermedades, accidentes y en general un estilo de vida que no solo tiene efectos físicos sino psicológicos en estos animales.

Sin embargo, ante una situación tan preocupante hay lugares donde no son invisibles. Hay lugares donde pueden encontrar esa paz que tanto tiempo les ha sido arrebatada y  donde pueden convivir como iguales junto a los humanos que tanto daño les han hecho durante siglos. Uno de esos pocos lugares es el Hospital de Elefantes en la provincia de Chiang Mai, Tailandia. Aquí residen permanentemente alrededor de 20 elefantes, todos con ellos con historias distintas pero con algo en común: Los efectos de las prácticas humanas sobre sus cuerpos.

Son las 6 de la mañana y Palahdee ya está en pie, come algo rápido y recorre los dos metros que separan su casa del recinto de Mosha. Mosha le está llamando, como siempre que Palahdee se aleja un poco de ella. Palahdee se acerca, y ella se calma. Ha sido su cuidador desde que ella llegó al hospital con dos años tras perder una pierna en una mina cerca de la frontera con Birmania. Cortar hierba, limpiar el recinto, ponerle la prótesis… Palahdee cuida de ella, vive con ella. A su lado Mosha ya no es invisible. Se podría entender que es su trabajo, pero su relación va más allá de eso.

Se dicen muchas cosas sobre los elefantes. Se les ha llamado asesinos, rencorosos, volubles. Se les ha temido y se les ha domesticado durante muchos siglos. Sin embargo, bastan diez minutos junto a ellos dos para entender la relación de simbiosis, de respeto y de cariño que han creado durante todos estos años. Basta empezar a ver a estos elefantes para entender la capacidad de amor y respeto que pueden generar. Porque todo eso que “se dice” sobre los elefantes no es más que un reflejo de nosotros como especie. No es más que la consecuencia de una relación basada en nuestra fuerza, en nuestros intentos de controlarlos, en nuestros intentos de utilizarlos.

Es la hora de comer y Palahdee se reúne con sus compañeros. Cada uno de ellos cuida a un elefante, siempre al mismo. Los lazos que se crean entre ellos y el riesgo que supone que un elefante no confíe y respete a su cuidador son muy importantes como para romperlos. Todos ríen, bromean, y comen como si fueran una familia. Porque realmente lo son. Todos ellos son el verdadero corazón de este lugar. Gracias a su fuerza y a su constante dedicación un sitio así puede existir. Tras la comida todo está en calma. Los elefantes están en silencio. Paladhee se sienta agotado a fumar un cigarro esperando a que llegue el momento en el que la Doctora Kayan le haga el chequeo diario a Mosha.

Y así pasan los días. Cada día es prácticamente igual al anterior. Hay momentos de estrés, momentos de tranquilidad, momentos de risas. Pero sobretodo lo que hay es seguridad. Aquí estos elefantes por fin pueden estar seguros. Aquí estos elefantes por fin pueden ser como son, no ser algo que utilizamos en nuestro beneficio. Lugares donde el control desaparece y donde somos nosotros los que aprendemos de ellos, los que dejamos que nos enseñen a sacar nuestro mejor lado. Y sobre todo donde para ellos ya no hay más dolor.

Para más información:

http://www.friendsoftheasianelephant.org/

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